Respiración Diafragmática para Hablar en Público

César Rojas explicant la respiració diafragmàtica en una classe d'oratòria

Respiración diafragmática: la técnica que te da control cuando hablas

Naces sabiendo respirar y, en algún momento, se te olvida. Suena extraño, pero es exactamente lo que pasa. La respiración diafragmática es la forma en que respiramos todos cuando llegamos al mundo, y también lo primero que hay que recuperar cuando uno quiere trabajar la oratoria con algo de rigor. No es un ejercicio de relajación ni una moda del bienestar: es la base técnica sobre la que se sostiene todo lo demás.

Si tens un gat o un gos a casa, mira’ls una estona mentre dormen. Què se’ls mou? No pas el pit. El que se’ls mou sense parar és la panxa. I si penses en qualsevol nadó estirat panxa amunt, veuràs el mateix moviment: amunt i avall, amunt i avall, tota l’estona a la part baixa del cos.

¿Qué es la respiración diafragmática y por qué la hemos perdido?

El diafragma es un músculo en forma de cúpula que está justo debajo de los pulmones y que separa el pecho del abdomen. Cuando se contrae, baja y deja espacio para que los pulmones se llenen; cuando se relaja, vuelve a subir y el aire sale. Hasta aquí, lo que explica cualquier manual de fisiología: la Cleveland Clinic añade que respirar así reduce la frecuencia respiratoria y hace que respirar cueste menos esfuerzo.

Ahora viene la parte que a mí me interesa, que es por qué dejamos de hacerlo.

Tengo una teoría de andar por casa —e insisto en que es de andar por casa, no te la tomes como ciencia— que dice así: desde el momento en que nacemos, empezamos a recibir estímulos que nos provocan reacciones emocionales. No nos acordamos, pero la primera vez que sentimos miedo de verdad debió de ser muy desagradable. Y aquello dejó huella.

Haz una prueba ahora mismo. Sin pensarlo mucho, haz una respiración que represente angustia. Una respiración de miedo.

¿Hacia dónde se te ha ido el aire? Hacia arriba, ¿verdad? Hacia el pecho.

Pues eso. La respiración del susto vive arriba, y con los años se ha ido instalando hasta convertirse en nuestra forma habitual de respirar. Recuperar el diafragma no es aprender nada nuevo: es deshacer un hábito.

La física del fuelle: aquí no hay ningún misterio

Esta es la parte que más sorprende a quien viene a entrenar, porque todo el mundo espera algo complicado y resulta que es pura física.

Piensa en uno de esos fuelles con los que hinchamos una colchoneta de playa. Cuando lo apretamos, sale el aire. Y cuando dejamos de apretar, ¿qué hace? Se hincha solo. No porque el fuelle "coja aire" —un fuelle no respira— sino porque hemos hecho el vacío dentro y el aire, de forma natural, tiende a ocupar el espacio vacío.

Tu diafragma funciona igual. Aprietas con el diafragma y el aire sale de forma controlada, como el de un cantante de ópera. En el momento en que dejas de apretar, el aire entra solo. No hace falta que lo cojas: ya viene.

Si alguna vez has abierto una botella de vino que habías tapado con uno de esos aparatos que le sacan el aire, lo has oído: al quitar el tapón, se oye un ruido. Es el aire de fuera entrando dentro. Ese ruido, traducido a tu forma de hablar, es lo que te permite seguir hablando sin sentir que te ahogas a mitad de frase.

Y fíjate en una cosa: para que salga mucho aire de manera potente y sostenida, no hace falta coger todo el aire que uno es capaz de coger. Basta con el que cabe en la parte baja de los pulmones, trabajando con el diafragma y con los músculos abdominales. Mucha gente que llega a Comunica cree que el problema es que le falta aire. Casi nunca es eso. El problema es cómo lo saca.

Aguantar la respiración és la base de todo

Aquí está la idea que suele descolocar más, y es esta: cuando hablamos correctamente, lo que hacemos fundamentalmente no es expulsar aire, sino aguantarlo y dejarlo ir controladamente..

Piénsalo. ¿Cuántas veces te han entrado ganas de reír en un momento que considerabas inapropiado y no querías que se te escapara? ¿Qué haces para frenar la risa? Aguantar la respiración. No quieres que salga el aire, porque el aire es lo que produce el sonido.

Y al revés: tienes muchas ganas de llorar, pero en ese contexto no quieres soltarte. ¿Qué haces? Aguantar la respiración, también.

Aguantar la respiración es, por tanto, un mecanismo que ya usamos instintivamente para gestionar momentos emocionales sin perder el control. Cuando hablas delante de alguien, es exactamente el mismo músculo y exactamente el mismo gesto, pero conscientemente.

Y tiene un segundo beneficio, que a mí me parece el más valioso de todos: te da tiempo. Yo no sé cuál será la palabra que diré después de esta que estoy diciendo ahora. Nadie lo sabe. Necesitamos tiempo para ir transformando una idea abstracta que tenemos en la cabeza en una frase concreta que el otro pueda entender. Y la manera de darte ese tiempo sin que suene a bloqueo es, precisamente, controlando la respiración y sabiendo bloquearla.

De ahí salen las pausas. Y conviene entender bien qué es una pausa: no es el momento en que "no sabes qué decir", es el tiempo que necesitas para elegir la palabra siguiente. Cuanto más la temas, más prisa tendrás, y la prisa es el origen de la mayoría de bloqueos. Quien domina la respiración no teme el silencio, porque sabe que lo está usando a propósito.

La respiración diafragmática no te va a quitar los nervios (y está bien que sea así)

Hay que ser claro en esto, porque circula mucha promesa fácil: respirar con el diafragma no te va a quitar el miedo. Ni esto ni ninguna otra técnica. Yo no le quito el miedo ni los nervios a nadie, ni yo ni nadie.

Lo que sí hace la respiración diafragmática es otra cosa, y es mucho más útil de lo que parece: te da sensación de control. Y la sensación de control es lo que acaba teniendo un efecto real sobre cómo te sientes.

Funciona en ese orden, no al revés. No es que te calmes y entonces hables bien. Es que tienes una técnica que dominas, esa técnica hace que sepas qué estás haciendo mientras lo haces, y esa consciencia te quita de encima buena parte del peso. Lo explico con más detalle en el artículo sobre cómo gestionar el miedo cuando tienes que exponerte ante un grupo..

Como cualquier otra habilidad —tocar la guitarra, esquiar, conducir— esto pide práctica, rigor y tiempo. No hay atajos, y de quien te venda alguno, desconfía.

Por dónde empezar

Dos cosas que puedes probar hoy mismo, sin necesidad de nadie:

Comprueba por dónde respiras. Ponte una mano en el pecho y la otra justo debajo de las costillas. Respira como respiras normalmente y mira cuál de las dos se mueve. Si se mueve la de arriba, ya sabes qué tienes que cambiar. El objetivo es que la de arriba se quede quieta y la de abajo se desplace.

Bosteza bien. En el artículo sobre la gestión del miedo ya te decía que provoques bostezos antes de una situación que te pone nervioso. Añado aquí el detalle técnico que allí no cabía: el bostezo funciona de verdad cuando elevas el paladar blando e inhalas el aire suavemente por la boca, sin prisa. Hecho así, relaja muchísimo la mandíbula y la garganta, que es exactamente donde se te acumula la tensión cuando tienes que hablar.

Ahora bien, voy a ser honesto contigo sobre el límite de un artículo como este. Lo que acabas de leer te explica cómo funciona el mecanismo, y entenderlo ya es mucho. Pero la respiración no se aprende leyendo: se aprende con alguien delante que te escuche y te diga, en tiempo real, dónde estás apretando y dónde no. Es de los pocos aspectos de la comunicación en los que necesitas un oído externo, porque uno mismo no se oye como lo oyen los demás.

Por eso, cuando alguien busca un curso de oratoria, lo primero que trabajamos suele ser esto: armonizar respiración, palabra, silencio, gesto y emoción hasta que deja de ser algo en lo que tienes que pensar y pasa a ser, simplemente, tu manera de hablar. Si quieres saber desde dónde lo enfoco y de dónde viene el método, puedes leer quién soy y cómo llegué hasta aquí.

Que es, al fin y al cabo, volver a respirar como respirabas cuando naciste.

Miedo a hablar en público: cómo gestionarlo

Aprende a gestionar el miedo a hablar en público con César Rojas

Miedo a hablar en público: cómo gestionarlo

Cuando alguien me contacta por primera vez, suele decirme lo mismo: «César, cuando tengo que presentarme delante de un grupo, lo paso fatal.» Y lo primero que le digo siempre es lo mismo: el miedo a hablar en público no es un defecto tuyo. Es, de hecho, una prueba de que tu cerebro funciona correctamente. por a parlar en públic no és un defecte teu. És, de fet, una prova que el teu cervell funciona correctament.

¿Por qué sentimos miedo a hablar en público?

Demos un paso atrás. El miedo es un mecanismo de defensa que se activa cuando nos encontramos ante una situación cuyas consecuencias desconocemos. Y hablar delante de una audiencia lo es: no sabemos cómo va a reaccionar la gente, no sabemos si lo que digamos gustará, no sabemos si nos juzgarán bien o mal. El cerebro humano, que lleva 200.000 años programado para sobrevivir, interpreta ese desconocimiento como un peligro y nos pide huir. Ya hablé de este mismo mecanismo, aplicado a por qué reaccionamos así ante cualquier acto comunicativo, en un artículo anterior.

En una entrevista de radio que hice hace un tiempo, lo resumí así: el miedo escénico es, en el fondo, miedo a morir. No es racional —sabemos perfectamente que nadie va a morir por dar un mal discurso— pero la emoción no entiende de razones. Y las emociones, siempre, van por delante.

No sois pocos los que os encontráis en esta situación. Se estima que un 75% de la población siente algún grado de ansiedad al hablar delante de un grupo, lo que se conoce como glosofobia, según recoge elDiario de la Universidad Pablo de Olavide.Dicho de otro modo: si sientes nervios estás en la mayoría, no en la excepción.

Sentir miedo no es el problema

Aquí viene la parte que suele sorprender a más gente: yo no trabajo para que mis alumnos dejen de sentir nervios. No puedo, y quien te prometa quitarte el miedo a base de tres trucos de fin de semana te está engañando. No podemos elegir cómo nos sentimos, de la misma manera que no podemos elegir estar más o menos enamorados.

Siempre pongo el mismo ejemplo: Leo Messi, chutando un penalti en una final de Mundial. ¿Estaba nervioso? Sin duda. Se jugaba mucho. Pero la diferencia entre él y cualquiera de nosotros no es la intensidad de los nervios, es la técnica. Nosotros, temblando, chutaríamos el balón cruzando los dedos. Messi decide dónde la colocará, con qué pierna, con qué fuerza, porque ha entrenado ese gesto mil veces. Los nervios están igualmente presentes, pero ya no deciden ellos.

Con hablar en público pasa exactamente lo mismo. El objetivo no es no tener miedo. El objetivo es tener una técnica lo bastante sólida para que ese miedo no sea quien conduzca.

El duendecillo que te frena

Hay una vocecita que aparece justo antes de lanzarte: «¿y si no les gusta?», «seguro que te equivocas», «mejor no te arriesgues». Yo lo llamo el duendecillo. Es esa parte de nosotros que, para protegernos, nos pide escondernos, hablar bajito, no mover las manos, pasar desapercibidos.

El problema es que hacerle caso al duendecillo no nos hace sentir más seguros a largo plazo: nos hace pequeños. Y cuando actuamos desde el miedo —encogidos, sin mirar, hablando flojo— la gente lo nota, aunque no seamos conscientes de ello. En cambio, cuando nos atrevemos a mostrarnos con generosidad, luchamos contra el duendecillo, lo silenciamos, y la comunicación cambia por completo.

Porque, y esto es clave, una cosa es sentir miedo e intentar disimularlo, y otra muy distinta es actuarActuar —en el sentido de interpretar un papel de forma consciente— no es fingir ser alguien que no eres. Es decidir, a pesar de los nervios, qué imagen de ti quieres transmitir.

Herramientas prácticas para gestionar el miedo a hablar en público

Una vez asumido que los nervios no se van a ir, la pregunta útil es: ¿qué puedo hacer para que no me bloqueen?

Respira desde el diafragma Cuando estamos nerviosos, la respiración sube al pecho y se acelera. Respirar desde más abajo, de forma pausada, envía al cuerpo un mensaje de calma y, de rebote, hace que la voz suene más segura.

Bosteza antes de salir Suena raro, pero es una de las herramientas más infravaloradas que conozco. Bostezar relaja la mandíbula, destapa los oídos y reduce la tensión acumulada. Si antes de una reunión importante notas el cuerpo encogido, pruébalo.

Haz amistad con el silencio El silencio no es el momento en el que «no sabes qué decir». Es el tiempo que necesitas para elegir la siguiente palabra. Cuanto más lo temas, más prisa tendrás, y la prisa es el origen de la mayoría de los bloqueos. https://www.comunica.barcelona/articles/el-silenci-com-a-eina-comunicativa/

Prepárate, pero no memorices palabra por palabra. Tener claro el objetivo de tu intervención —qué quieres que sienta quien te escucha— da mucha más seguridad que aprenderse un guion de memoria, porque un guion memorizado se rompe con cualquier imprevisto.

El caso de M.

Hace un tiempo empecé a trabajar con una chica —llamémosla la M.— que llegaba a las sesiones diciendo una frase que oigo a menudo: «no sé por qué, pero me bloqueo, no digo las cosas como querría.» Enseguida vi que tenía dos virtudes poco habituales juntas: mucho talento para captar las emociones y mucho valor para lanzarse, a pesar del miedo.

Trabajamos sobre todo a base de atreverse: apagar la luz para comprobar que no había ningún monstruo, por decirlo de alguna manera. Al cabo de unas veinte horas de trabajo, hizo su primera presentación importante. No le pregunté si había tenido miedo —sé que sí—, sino cómo lo había gestionado. Y la respuesta, esta vez, fue distinta a la del primer día.

No se trata de eliminar el miedo, sino de no depender de él

Si te vas con una sola idea de este artículo, que sea esta: el miedo a hablar en público no desaparece porque alguien te lo prometa, desaparece la dependencia que tienes de él cuando adquieres una técnica que te da control real. Es un proceso, no un interruptor, y requiere práctica, no atajos.

Si quieres trabajarlo de forma personalizada, en las clases de nuestro curso de oratoria trabajamos exactamente esto: no eliminar los nervios, sino que dejen de decidir por ti. Un curso de oratoria riguroso no te engaña ni te promete imposibles, te da la técnica que necesitas para enfrentar las situaciones de miedo con las máximas garantías.

Por qué nos comunicamos: la respuesta que no te esperas

por qué nos comunicamos - César Rojas explicando la supervivencia y las emociones en una conferencia de oratoria
Cuando alguien me pregunta por qué nos comunicamos, la mayoría de las veces espera una respuesta sobre palabras, sobre discursos bien construidos o sobre cómo caer bien a la gente. Pero la verdad es mucho más básica, y también mucho más interesante: comunicar no es una opción. Es una necesidad de supervivencia.

Por qué nos comunicamos: el objetivo que compartimos con cualquier ser vivo

Hazte una pregunta sencilla: ¿cuál es el objetivo más importante que tienes ahora mismo? Seguramente nunca lo habías pensado en estos términos, porque es un objetivo tan básico que ni lo notamos. Es el mismo objetivo que tienen todas las personas de Barcelona, todas las personas del planeta y, de hecho, todos los seres vivos que hay hoy en la Tierra: sobrevivir.

Respirar es imprescindible para sobrevivir. Y comunicarnos también lo es. No es una decisión que tomemos conscientemente cada mañana. Si yo, ahora mismo, decidiera salir de una sala sin decir nada, ya te estaría comunicando algo. Todos los seres vivos se comunican, cada uno a su manera —la nuestra, como especie, es la más compleja de todas—, pero nadie escapa a esto.

Somos biológicamente idénticos a hace 200.000 años

Aquí viene la parte que más suele sorprender a quien viene a mis clases. Los homo sapiens aparecimos hace unos 200.000-300.000 años, según el registro fósil de la especie. En términos de vida en la Tierra, esto es ayer. Y somos biológicamente prácticamente iguales a aquellos primeros humanos.

Lo que ha cambiado a una velocidad brutal es nuestra evolución cultural y tecnológica, no la biológica. La vida en el siglo XVIII se parecía mucho más a la del siglo XVI que tu vida se parece a la de tus abuelos. Y cada vez vamos más rápido. Nuestro cerebro, en cambio, sigue funcionando con el mismo manual de instrucciones de hace doscientos mil años: sobrevivir por encima de todo.

Por qué sentimos miedo al hablar en público

Uno de los estados emocionales más primarios, y que está directamente ligado a la supervivencia, es el miedo. El miedo es un mecanismo de defensa que se activa cuando nos encontramos ante circunstancias de las que no conocemos las consecuencias.

Imagina que mañana tienes que hacer una exposición oral y te pones muy nervioso. Desde un punto de vista racional, sabes perfectamente que no te pasará nada grave. Pero desde un punto de vista emocional, tu cuerpo tiene la necesidad primaria de huir. Y esto pasa porque las emociones son mucho más poderosas que la razón.

Si la razón fuera siempre por delante de la emoción, la vida sería mucho más aburrida (y, sinceramente, también más sencilla). Simplemente analizaríamos que no tenemos ningún motivo real para sufrir y no nos pondríamos nerviosos. Pero no funcionamos así.

El cerebro que te avisa de peligros que ya no existen

Este mecanismo se ve todavía más claro cuando pensamos en el futuro. Imagina que tienes una entrevista de trabajo mañana y, en la anterior, te trabaste mucho y lo pasaste mal. Es fácil que esa noche no puedas dormir bien, pensando que te volverá a pasar lo mismo.

Aquí no hay ninguna seguridad real al anticipar ese futuro: solo inquietud. Y pasa porque sigue ligado a la supervivencia. Tu cerebro, que sigue siendo el mismo de hace 200.000 años, interpreta: "no vayas, lo pasarás fatal, te volverán a pasar aquellas cosas". Si fuéramos un ciervo que siente una amenaza en el bosque, la decisión sería puramente emocional y saldríamos corriendo sin pensarlo. Pero tenemos algo que el ciervo no tiene: la capacidad de tomar decisiones conscientes, de analizar y de imaginar el futuro con perspectiva. Puedo pensar: "si no voy, seguro que no consigo el trabajo, y me sentiré frustrado". Y eso me da el valor para ir de todas formas.

Por qué nos comunicamos: la conclusión práctica

Entender por qué nos comunicamos —y por qué sentimos lo que sentimos cuando lo hacemos— es el primer paso para trabajarlo de verdad. No se trata de eliminar el miedo o los nervios antes de hablar en público, porque eso sería ir en contra de cómo estamos hechos. Se trata de entender de dónde viene esta reacción para poder gestionarla, en lugar de que ella te gestione a ti.

Este es exactamente el punto de partida de mi curso de oratoria: no trabajamos para convertirte en alguien que no siente nada, sino para ayudarte a comunicarte bien precisamente sabiendo que eres un ser humano con emociones que, muchas veces, van muy por delante de la razón.


Artículo basado en la conferencia «Les emocions i la comunicació» de César Rojas. Impartida en la Associació Tartamudesa Catalunya

Clases de oratoria: cuándo vale la pena y cuándo no

César Rojas impartiendo una formación en oratoria y habilidades comunicativas en Barcelona

Cuando alguien se pone en contacto conmigo por primera vez, a menudo lleva semanas o meses dándole vueltas. Sabe que tiene un problema con la comunicación —o simplemente quiere mejorar— pero no acaba de decidirse. Una de las preguntas que más me hacen es: «¿Realmente vale la pena hacer este tipo de entrenamiento?»

Es una pregunta legítima. Y merece una respuesta honesta, no la de alguien que quiere venderte algo a cualquier precio.

La respuesta corta es: depende. Depende de quién eres, de lo que necesitas y, sobre todo, de cómo te lo planteas.

Cuándo SÍ vale la pena hacer clases de oratoria en Barcelona

Cuando tienes una situación concreta que te angustia

La mayoría de personas que llegan a Comunica lo hacen movidas por una necesidad real e inmediata: tienen que defender la tesis doctoral, tienen que exponer un proyecto ante un consejo de administración, tienen que dar un discurso en un acto importante, o simplemente llevan años evitando situaciones en las que tienen que hablar ante un grupo y han decidido que ya basta.

Cuando hay una motivación concreta, el aprendizaje suele ser mucho más rápido y eficaz. Sabes por qué estás aquí, sabes lo que quieres conseguir, y cada sesión tiene un sentido claro. En estos casos, las clases de oratoria valen muchísimo la pena.

Cuando el miedo o la incomodidad te están limitando profesionalmente

Hay personas que evitan presentarse a determinados trabajos porque saben que tendrán que hacer presentaciones. Personas que no participan en reuniones a pesar de tener ideas valiosas. Personas que ven cómo otros con menos conocimientos pero más facilidad comunicativa avanzan más rápido.

Si la comunicación es un freno para tu desarrollo profesional, invertir en mejorarla puede ser una de las decisiones más rentables que tomes. Las habilidades comunicativas no se deprecian fácilmente: una vez las has trabajado, suelen acompañarte mucho tiempo. Tanto si necesitas preparar una exposición oral puntual como si quieres un entrenamiento continuado, la inversión se nota.

Cuando quieres hacerlo bien, no simplemente sobrevivir

Hay una diferencia enorme entre «aguantar» una exposición y «dominarla». Entre llegar al final sin que se te note demasiado el nerviosismo y conectar de verdad con tu público, transmitir lo que quieres transmitir y salir con la sensación de que ha ido bien.

Si tu objetivo es lo primero —simplemente sobrevivir— quizá te basten unos trucos puntuales. Si tu objetivo es lo segundo, necesitas trabajar una técnica. Y una técnica difícilmente se aprende solo leyendo artículos o viendo vídeos: se trabaja, se practica y se consolida con tiempo y acompañamiento.

Cuando estás dispuesto a practicar

Las clases de oratoria no funcionan por ósmosis. No basta con venir a clase, escuchar, entender y marcharse. Hay que practicar entre sesiones, aplicar lo aprendido en situaciones reales y volver con las preguntas que han surgido de la práctica.

Si estás dispuesto a hacer este trabajo, las clases valen la pena. Si no, es mejor ser honesto con uno mismo y no invertir el dinero.

Cuándo NO vale la pena hacer clases de oratoria

Cuando buscas un milagro exprés

Si esperas que unas pocas horas de clase transformen radicalmente tu manera de comunicarte, probablemente te decepcionará. No porque las clases no funcionen, sino porque las expectativas no se ajustan a la realidad.

Comunicar bien es una habilidad, y las habilidades requieren tiempo. Del mismo modo que no aprenderás a tocar la guitarra en un fin de semana ni a nadar en tres sesiones, no dominarás la oratoria de forma instantánea. Desconfía de quien te prometa lo contrario.

Esto no quiere decir que no puedas mejorar significativamente en poco tiempo —sí que puedes—, pero la transformación profunda y duradera requiere constancia.

Cuando no tienes ninguna motivación real

Algunas personas vienen a clases de oratoria porque alguien les ha dicho que deberían hacerlo: un jefe, una pareja, un amigo. Sin una motivación interna real, el aprendizaje suele ser mucho más lento y a menudo no llega a consolidarse.

No hace falta que tengas una gran crisis comunicativa ni una situación de urgencia. Pero sí hace falta que quieras mejorar por alguna razón que te importe a ti, no a otra persona.

Cuando esperas que las clases eliminen los nervios

Aquí hay que ser muy claro: ninguna clase de oratoria eliminará tus nervios. Y si alguien te promete que sí, huye.

Los nervios son una reacción emocional instintiva. No podemos apagarlos pulsando un botón, del mismo modo que no podemos decidir dejar de estar tristes o enamorados. Las emociones no obedecen órdenes. De hecho, una revisión de estudios sobre el miedo a hablar en público lo describe como uno de los miedos más extendidos, y también muestra que se puede reducir cuando se trabaja.

Lo que sí puedes hacer es aprender a actuar de forma consciente a pesar de los nervios, de manera que tu público casi no los perciba y tú tengas la sensación de control. Pero los nervios, en mayor o menor medida, probablemente siempre estarán ahí. Y en el fondo, es bueno que sea así: significan que te importa lo que haces.

Cuando no estás dispuesto a salir de la zona de confort

Mejorar la comunicación implica exponerse, experimentar, cometer errores, recibir retroalimentación y volver a intentarlo. Es un proceso que puede ser incómodo, especialmente al principio.

Si no estás dispuesto a pasar por esta incomodidad, las clases no te aportarán lo que esperas. No porque el método no funcione, sino porque el aprendizaje real requiere que te tires a la piscina, y nadie puede hacerlo por ti.

¿Cuánto tiempo hace falta para ver resultados?

Esta es otra pregunta muy frecuente, y la respuesta honesta es: depende de cada persona y de su punto de partida.

En general, con un entrenamiento regular y constante, muchas personas empiezan a notar cambios claros hacia las 15-20 horas de trabajo. Algunas antes, otras después. Los factores que más influyen son la frecuencia de las sesiones, la práctica entre sesiones y la predisposición a experimentar.

Lo que sí puedo decir es que no he visto a nadie que haya hecho el trabajo de verdad y haya salido igual que entró. Si quieres saber más sobre mi método y mi trayectoria, lo tienes explicado en la página de quién soy.

Por qué la primera clase es gratuita

En Comunica, la primera sesión siempre es gratuita y sin compromiso. No es un gancho comercial: es una convicción. Tanto si te interesa el curso de oratoria como los talleres grupales para hablar en público, el punto de partida es siempre este: probar sin compromiso.

Creo que, antes de tomar cualquier decisión económica, tienes que poder comprobar por ti mismo cómo trabajo, si mi método encaja contigo y si la dinámica de las sesiones es lo que necesitas. Igual que no contratarías a un entrenador personal sin hacer antes una sesión de prueba, no tiene sentido comprometerse con unas clases de oratoria sin haberlas probado antes.

Si después de la primera sesión crees que no es para ti, no pasa nada. Si crees que sí, seguimos.


Si estás pensando en hacer clases de oratoria y quieres comprobar si es lo que necesitas, ponte en contacto conmigo. La primera sesión es gratuita y sin compromiso.

Qué es la comunicación no verbal y por qué importa más que las palabras

Il·lustració dels elements de la comunicació no verbal: mirada, gest, postura, veu, silenci i ritme

Hay una paradoja sobre la comunicación no verbal que explica muy bien por qué tanta gente fracasa al hablar en público a pesar de haberse preparado el contenido a conciencia: la palabra no comunica. O mejor dicho: la palabra es solo una de las herramientas que usamos para comunicar, y a menudo no es la más importante.

La comunicación no verbal —la mirada, el gesto, la postura, el silencio, el ritmo de la voz— es el canal principal por el que llegan las emociones. En Comunica Barcelona trabajamos todos estos elementos con un método basado en la técnica actoral. Y las emociones, como veremos, lo son todo.

Qué es la comunicación no verbal

La comunicación no verbal es todo aquello que transmitimos sin palabras. Incluye:

  • La mirada: dónde miramos, con qué intensidad, durante cuánto tiempo.
  • El gesto: el movimiento de las manos, los brazos, la cabeza.
  • La postura corporal: cómo ocupamos el espacio, si estamos abiertos o cerrados, tensos o relajados.
  • La expresión facial: los microgestos que aparecen incluso antes de que tengamos tiempo de pensar.
  • El tono y el ritmo de la voz: la velocidad, las pausas, la melodía, la proyección.
  • La distancia física: cuánto espacio ponemos entre nosotros y el interlocutor.
  • El silencio: aquello que no decimos, y cuándo no lo decimos.

Todo esto lo estamos emitiendo constantemente, queramos o no. La comunicación no verbal no se apaga nunca. Incluso cuando no hablamos, estamos comunicando algo.

Por qué la comunicación no verbal importa más que las palabras

Imagina que vas al teatro y ves a un actor interpretando a un personaje que acaba de recibir una noticia terrible. Sabes perfectamente que aquello es ficción, que el actor no ha perdido nada real. Y aun así, te conmueves. ¿Cómo es posible?

Porque lo que te ha llegado no es la información —«el personaje sufre»— sino la emoción. Y la emoción ha llegado a través del cuerpo: la respiración, la postura, la mirada, el gesto contenido, la voz rota.

Esto es lo que ocurre en cualquier acto comunicativo. Tu público —sea una sola persona o una sala llena— no procesa primero lo que dices y después decide cómo se siente. Lo hace al revés: primero recibe el impacto emocional de tu cuerpo y tu voz, y a partir de ahí interpreta las palabras.

Dicho de otro modo: no importa tanto lo que dices como desde dónde lo dices.

Dos comerciales pueden decir exactamente las mismas palabras para vender el mismo producto. Uno vende y el otro no. La diferencia no es el contenido del discurso. Es la mirada, la seguridad en el cuerpo, el ritmo, la pausa en el momento justo. Es la comunicación no verbal.

El papel de las emociones en la comunicación no verbal

Aquí es donde hay que entender algo fundamental: la comunicación no verbal es la expresión visible del estado emocional. Según estudios sobre comunicación no verbal, los comportamientos no verbales son procesos automáticos e inconscientes que reflejan directamente nuestro estado interno.

Cuando estamos cómodos, relajados y seguros, nuestro cuerpo lo refleja de forma espontánea: los gestos son abiertos, la mirada es directa, la voz tiene melodía, nos permitimos el silencio. No lo tenemos que pensar, simplemente ocurre.

Cuando estamos nerviosos o tenemos miedo, pasa lo contrario: los gestos se cierran, la mirada huye, la voz se tensa y se acelera, los silencios desaparecen porque los queremos llenar deprisa.

El problema es que no podemos decidir cómo nos sentimos. No puedo apretar un botón y dejar de tener miedo. Las emociones no funcionan así.

Lo que sí puedo hacer es aprender a actuar conscientemente: decidir qué botones y qué palancas de mi máquina de comunicar activo, independientemente de la emoción que esté sintiendo en ese momento. Esto es exactamente lo que hacen los actores. Y esto es lo que se entrena en Comunica.

Los errores más habituales en la comunicación no verbal

La mirada que huye y rompe la comunicación no verbal

Uno de los errores más comunes al hablar en público es evitar el contacto visual. Miramos las notas, el techo, un punto indefinido al fondo de la sala, el suelo. Cualquier sitio menos los ojos de las personas que tenemos delante.

La mirada que huye transmite inseguridad y desconexión. El público lo percibe enseguida, aunque no lo verbalice. La solución no es forzar una mirada fija e intimidatoria, sino aprender a mirar a personas reales, de una en una, de forma natural y pausada. Este es uno de los primeros elementos que trabajamos en las curso de oratoria.

Ahora bien, no toda mirada que se aparta es una mirada que huye. Cuando buscamos la palabra siguiente, es habitual apartar la vista unos instantes, quizá para evitar estímulos que nos distraen mientras pensamos. Un estudio publicado en Memory & Cognition observó que apartar la mirada puede ayudar a recordar. Por eso, a menudo no transmite inseguridad, sino que estás pensando. La mirada que huye es, sobre todo, la que se va mientras hablas. Una buena pauta es mirar fuera cuando piensas y volver a mirar al público cuando has encontrado la palabra. Obligarte a mirar al público incluso mientras piensas, en cambio, puede interpretarse como un signo de tensión, y el público lo puede notar.

Las manos escondidas

Las manos bajo la mesa, en los bolsillos, cruzadas sobre el pecho o agarradas la una a la otra de forma rígida. Cuando las manos se esconden, el cuerpo se cierra. Y un cuerpo cerrado transmite exactamente lo contrario de lo que necesitas cuando quieres convencer, explicar o emocionar.

Las manos tienen que trabajar. No de forma exagerada ni teatral, sino acompañando aquello que decimos, ilustrando las ideas, dando cuerpo a las palabras.

La velocidad excesiva

Cuando estamos nerviosos, hablamos rápido. Muy rápido. Parece que si hablamos rápido acabaremos antes y la agonía terminará. Pero lo que conseguimos es que el público no pueda seguir el ritmo, que las ideas se acumulen sin tiempo para asimilarlas, y que la sensación general sea de nerviosismo y precipitación.

Aprender a frenar, a encontrar el ritmo natural del habla, es una de las habilidades más valiosas que puedes entrenar.

El silencio evitado

El silencio nos da miedo. Cuando hay un momento de pausa, la mayoría de personas lo quiere llenar deprisa con «ehhh», «bueno», «es decir», «o sea». Estos tics verbales surgen del pánico al vacío.

Pero el silencio bien hecho es una herramienta poderosa. Una pausa en el momento justo crea expectativa, da tiempo al público para absorber lo que acabas de decir, y transmite que estás cómodo. Quien domina el silencio domina el espacio. En los Talleres grupales sobre herramientas para hablar en público practicamos específicamente la gestión del silencio en un entorno seguro.

Cómo mejorar la comunicación no verbal

La comunicación no verbal no se mejora leyendo artículos ni asistiendo a conferencias. Se mejora practicando, recibiendo retroalimentación y haciéndose consciente de aquello que se hace de manera inconsciente.

Algunos puntos de partida:

Grábate en vídeo. Es la manera más honesta de verte como te ven los demás. La primera vez suele ser incómodo. Pero es insustituible. Observa las manos, la mirada, el ritmo, la postura. No para juzgarte, sino para tomar conciencia.

Practica el silencio. En una conversación cotidiana, experimenta con las pausas. Acaba una frase y espera un segundo antes de continuar. Verifica que el mundo no se acaba.

Trabaja la respiración. La respiración diafragmática es la base de todo. Cuando respiras desde el pecho, el cuerpo se tensa y la voz sufre. Cuando respiras desde el diafragma, todo el sistema se relaja y la voz gana cuerpo y proyección.

Observa a los demás. Fíjate en cómo se comunican las personas a las que admiras como comunicadores. No para copiarlas, sino para entender qué elementos hacen que su comunicación no verbal refuerce el mensaje en lugar de contradecirlo.

La comunicación no verbal es entrenable

La buena noticia es que la comunicación no verbal no es un don innato. No hay personas que «lo tengan» y personas que no. Es una habilidad que se aprende, como cualquier otra, con método, práctica y tiempo.

La clave es hacer consciente aquello que hasta ahora has hecho de manera instintiva. Cuando sabes qué botones estás apretando, puedes decidir apretar otros. Y cuando puedes decidir cómo te muestras, te muestras como quieres. Las empresas también se benefician de este trabajo: la formación para empresas incluye un trabajo intensivo en comunicación no verbal para equipos y directivos.

Si buscas un curso de oratoria en Barcelona para trabajar todo esto con acompañamiento profesional, ponte en contacto conmigo. La primera sesión es gratuita y sin compromiso.

Cómo preparar una exposición oral paso a paso

César Rojas impartiendo una formación en oratoria y habilidades comunicativas en Barcelona

Preparar una exposición oral es una de las tareas que más angustia genera, tanto en estudiantes como en profesionales. La mayoría de personas cometen el mismo error: se ponen a escribir el contenido antes de haberse hecho las preguntas correctas. El resultado es un discurso técnicamente correcto pero que no conecta, no convence y no se olvida.

En este artículo te explico el método que uso para preparar exposiciones orales con garantías en Comunica Barcelona. No es magia ni un truco exprés. Es un proceso ordenado que funciona porque parte de una premisa clara: comunicar no es decir cosas, es conseguir que el otro las sienta.

Paso 1: Identifica el objetivo real de tu exposición oral

Antes de escribir una sola palabra de tu discurso, tienes que responder una pregunta: ¿qué quieres que haga o sienta tu público cuando termines?

Parece sencillo, pero casi todo el mundo confunde el objetivo con la herramienta. Cuando te pregunto cuál es tu objetivo y me dices «explicar mi proyecto de investigación» o «presentar los resultados del trimestre», no me estás diciendo el objetivo. Me estás diciendo la herramienta.

El objetivo siempre es una reacción en el otro. Por ejemplo:

  • Que el tribunal de tu tesis doctoral llegue a la conclusión de que tu trabajo es sólido y merece la máxima calificación.
  • Que tu equipo salga de la reunión motivado y con ganas de aplicar la nueva estrategia.
  • Que el cliente decida confiar en ti y firmar.

Cuando tienes claro el objetivo real, todo lo que viene después tiene un norte. Cada palabra, cada ejemplo, cada pausa sirve a ese objetivo. Si no tienes claro adónde quieres llegar, puedes hablar muy bien y no llegar a ningún sitio. Si quieres acompañamiento desde el primer paso, aquí tienes la información para preparar una exposición oral concreta.

Paso 2: Elige la emoción que quiere transmitir tu discurso

Aquí es donde la mayoría de guías sobre oratoria se equivocan. No se trata de «ponerte en situación» ni de «intentar estar tranquilo». Se trata de decidir desde qué emoción vas a construir tu discurso.

Piénsalo como un actor que prepara una escena. Antes de salir a escena, sabe cuál es el estado emocional de su personaje. No improvisa cómo se siente: lo decide. Y esa decisión determina cómo dice las palabras, cómo se mueve, cómo mira.

Tú haces lo mismo. Si tienes que exponer una investigación científica y quieres que tu tribunal la tome en serio, quizá tu emoción de trabajo es la pasión por aquello que has descubierto. Si tienes que hacer una presentación comercial, quizá sean la euforia y el entusiasmo genuinos. Si tienes que dar una mala noticia a un equipo, quizá es la tristeza honesta que compartes con ellos.

Escoge la emoción. No el estado de ánimo que quieres sentir tú (la seguridad, la calma, la confianza — que no son emociones, sino estados del ánimo), sino la emoción desde la cual construirás el discurso. Esta distinción es fundamental.

Paso 3: Construye el guion de la exposición oral (no el texto)

Un error muy habitual es escribir el discurso completo y aprendérselo de memoria. Esto es una trampa. Cuando recitas de memoria, tu cerebro se pone en modo recitación y desconectas de la emoción. El público lo nota enseguida: esa mirada ausente, esa melodía monótona, ese ritmo que no cambia nunca.

Lo que necesitas no es un texto. Necesitas un mapa.

El mapa es una estructura que te indica:

  • El punto de partida: cómo captarás la atención del público en los primeros treinta segundos.
  • Los núcleos del discurso: las dos o tres ideas principales que tienes que transmitir, en orden lógico.
  • Los ejemplos y las anécdotas: aquello concreto que da vida a cada idea abstracta.
  • El cierre: cómo terminarás de manera que el público recuerde lo que quieres que recuerde.

Con el mapa, cada vez que expones el discurso será ligeramente distinto. Y eso es bueno. Porque si suena distinto cada vez, es que estás presente, que estás pensando, que te importa. Y el público lo nota. Este proceso lo practicamos en grupo en los talleres de hablar en público.

Paso 4: Trabaja la comunicación no verbal

El contenido de tu discurso representa una parte muy pequeña del impacto total que vas a causar. La mirada, la postura, el gesto, el ritmo, el silencio, la voz... todo eso es lo que realmente llega al público.

Algunos elementos concretos a trabajar:

La mirada. No mires a un punto fijo al fondo de la sala ni a tus notas. Mira a personas reales. La mirada crea conexión y conexión es credibilidad.

El silencio. Muchas personas viven el silencio como un fracaso, como un momento en blanco que hay que llenar deprisa. Al contrario: el silencio es una herramienta. Una pausa bien colocada crea expectativa, da tiempo al público para asimilar lo que has dicho y transmite que estás cómodo. Quien domina el silencio domina el espacio.

El gesto. Las manos tienen que trabajar, no esconderse. Los gestos que acompañan e ilustran aquello que dices refuerzan el mensaje. Las manos quietas en el bolsillo o cruzadas sobre el pecho transmiten cierre e inseguridad. Hay un detalle todavía más fino, que es qué hacen las manos en los silencios: lo explico en el artículo sobre lenguaje corporal para hablar en público.

La voz. Cuando respiramos desde el pecho, la voz sale tensa y frágil. Cuando respiramos desde el diafragma, la voz gana cuerpo, proyección y capacidad de variar el tono sin forzar. La base de todo ello es la respiración diafragmática.

Paso 5: Ensaya en voz alta y en condiciones reales

Leer el discurso mentalmente no sirve. El único ensayo que sirve es aquel en el que usas la voz, el cuerpo y el tiempo real.

Algunas recomendaciones prácticas:

  • Ensaya de pie, en el espacio que puedas, como si hubiera público delante.
  • Grábate en vídeo al menos una vez. Sé que da pereza y que te da vergüenza verte, pero es la herramienta de retroalimentación más honesta que existe.
  • Cronométrate. Los discursos siempre duran más de lo que pensamos cuando los ensayamos mentalmente.
  • Ensaya las partes que te dan miedo, no las que dominas. La tendencia es practicar aquello que ya nos sale bien. Haz al revés: dedica el tiempo a las transiciones incómodas, al inicio (que es el momento de máxima tensión) y al cierre.
  • No te aprendas el discurso palabra por palabra. Si tienes que saltarte una frase, no pasa nada. Lo que no puedes saltarte es la emoción.

Paso 6: Gestiona los nervios de la exposición oral (sin intentar eliminarlos)

Aquí hay que decir la verdad: los nervios no van a desaparecer. Y si alguien te promete que sí, o no te está diciendo la verdad o sabe cosas que yo desconozco.

Los nervios son miedo, y el miedo es una reacción emocional instintiva ante aquello desconocido. Tú no puedes decidir si tienes miedo o no, del mismo modo que no puedes decidir si estás enamorado o no. Las emociones no funcionan así.

Lo que sí puedes decidir es cómo te comportas a pesar del miedo. Aquí es donde entra la técnica. El miedo a hablar en público es uno de los más extendidos, pero también uno de los más trabajables con la técnica adecuada, como recogen los estudios sobre ansiedad comunicativa.

Cuando tienes una técnica, sabes qué botones y qué palancas de tu máquina de comunicar tienes que activar para que el público no perciba los nervios, sino aquello que tú quieres transmitir. No es disimular. Disimular es reactivo y te deja a merced de la suerte. Actuar conscientemente es propositivo: tú decides cómo te vas a mostrar.

Un consejo práctico para los momentos previos a la presentación: provócate bostezos. Eleva el paladar blando e inhala suavemente por la boca. Te parecerá extraño, pero funciona: el bostezo activa la relajación muscular, destapa los oídos y libera tensión. Pruébalo.

Resumen: cómo preparar una exposición oral en 6 pasos

  1. Define el objetivo real — qué reacción quieres en tu público.
  2. Elige la emoción de trabajo — desde dónde construirás el discurso.
  3. Construye un mapa, no un texto — estructura flexible, no guion memorizado.
  4. Trabaja la comunicación no verbal — mirada, silencio, gesto, voz.
  5. Ensaya en condiciones reales — de pie, en voz alta, grabándote.
  6. Acepta los nervios y usa la técnica — no disimulas, actúas conscientemente.

Preparar una exposición oral no es cuestión de talento innato ni de no tener vergüenza. Es cuestión de entender cómo funciona la comunicación y aplicar un proceso ordenado. El primer paso es el mismo tanto si te preparas para una exposición puntual como si quieres un entrenamiento regular de oratoria.

Si quieres preparar tu exposición oral con acompañamiento profesional, ponte en contacto conmigo. La primera sesión es gratuita y sin compromiso.