Imagina a un ingeniero que tiene que presentar una línea de producción nueva ante posibles clientes. Conoce la máquina mejor que nadie, tiene los datos ordenados y no se equivoca en ninguna cifra. Y, aun así, a los diez minutos media sala está mirando el móvil. No ha hecho nada mal: lo ha explicado todo bien, pero con cuidado, como quien camina de puntillas. Es el riesgo más habitual de una presentación técnica: que el contenido sea impecable y que no llegue.
Si lo que necesitas es un método para prepararla paso a paso, lo tienes en el artículo cómo preparar una exposición oral. Aquí hablo de otra cosa: por qué un tema técnico puede aburrir aunque esté bien explicado, y qué puedes hacer al respecto.
En una presentación técnica, el público no juzga el tema
Quien te escucha no sabe de antemano si lo que vas a explicar es interesante. No conoce la máquina, ni el proceso, ni por qué ese dato es importante. Para decidirlo, se fija sobre todo en la información que tiene más a mano: tú. Cómo hablas de ello, cómo te mueves, cómo suena tu voz cuando llegas a la parte que más te importa.
La psicología lo llama contagio emocional. Las personas tendemos a sincronizarnos, sin darnos cuenta, con la expresión, la voz y la postura de quien tenemos delante, y por esa vía nos acercamos a su emoción. En las aulas se ha medido: cuanto más disfruta el profesor de su materia, más tienden a disfrutarla los alumnos, y este efecto pasa sobre todo por el entusiasmo que los alumnos perciben.
Dicho de otro modo: si el público nota que a ti aquello te parece interesante, es mucho más probable que también se lo parezca. Y si nota que lo explicas por obligación, a menudo llegará a la misma conclusión que tú.
Por qué decir «esto es interesante» no funciona
Ante este problema hay una tentación muy común: anunciarlo. «Ahora viene un dato muy relevante.» «Lo que os voy a enseñar es increíble.» Es como empezar una historia diciendo «ahora te voy a contar algo alucinante»: has puesto el listón arriba del todo antes de haber explicado nada.
El problema es de credibilidad. Decir que algo es interesante es una afirmación, pero nada más que eso. Mostrar que te interesa, en el ritmo, en la mirada o en el cuerpo, es una evidencia, y es mucho más difícil de fabricar. La persona que tienes delante quizá no estará de acuerdo contigo, pero como mínimo tiene que tener claro que tú estás implicado en lo que explicas.
El entusiasmo fingido se nota
Aquí conviene no tomar el atajo. Si el entusiasmo se contagia, la conclusión fácil sería: fíngelo. Sonríe más, gesticula más, pon voz de presentador de televisión. Sí... pero no.
La investigación dice que no es tan sencillo. En 2018, un grupo de investigación en educación distinguió entre el entusiasmo que los profesores sentían y el que mostraban en clase. Los alumnos disfrutaban más y se aburrían menos cuando ambas cosas iban juntas. Cuando el profesor mostraba un entusiasmo que no sentía, o sentía uno que no dejaba ver, el resultado era peor. Puedes leerlo en su trabajo sobre el entusiasmo de los profesores.
Esto no quiere decir que tengas que sentir el entusiasmo de forma espontánea. El estudio habla de mostrar una emoción sin nada dentro; lo que hace un actor es otra cosa.
En Comunica, cuando hablo de actuar no hablo de fingir. Tampoco se trata de sentirlo, porque no podemos decidir qué sentimos, sino de empatizar con la emoción y emplear adecuadamente la emoción de trabajo.
Cuando el actor sale al escenario o se pone delante de la cámara, no siente aquello que expresa mediante su personaje, pero no finge ni te engaña: actúa. Se pone en la emoción mediante la técnica y se comporta de forma verdadera a nuestros ojos.
En Comunica esto lo trabajo con mis alumnos mediante la técnica y, más concretamente, la relación entre la respiración y el habla diafragmáticas y el vínculo con la emoción de trabajo.
Busca lo que te fascina de tu tema
¿Recuerdas a los niños que abren un reloj para ver cómo giran los engranajes? No les interesa la hora: les fascina el mecanismo. Esa mirada es la que vale la pena recuperar ante tu propio tema. Probablemente es lo que te llevó a dedicarte a ello, y con los años de trabajo ha quedado enterrada bajo la rutina.
Dos preguntas pueden ayudar a desenterrarla:
- ¿Qué me sorprendió la primera vez que entendí cómo funcionaba esto?
- ¿Qué problema resuelve, y a quién le cambia el trabajo o la vida?
También ayuda cambiar el formato. La historia de la empresa o del proyecto, en lugar de una lista de fechas e hitos, se puede contar como el mejor de los cuentos: había un problema, alguien tuvo una idea, costó, funcionó. Y el funcionamiento de una máquina se puede presentar como quien ha descubierto algo extraordinario, no como quien lee un manual de instrucciones.
Un matiz importante: esto no significa quitar contenido técnico. Los datos, los procesos y las cifras se explican igual. Lo que cambia es qué quieres que se lleve el público: no solo cómo funciona, sino por qué vale la pena.
En el ensayo de una presentación técnica, pásate
El último consejo suele sorprender: cuando ensayes, exagera. Pásate. Si te parece que estás haciendo demasiado, no te preocupes. Ensayar a lo grande te permite ser mucho más consciente de cómo te expresas con el cuerpo, el rostro y la voz.
El motivo son los nervios. El día de la presentación probablemente estarás más tenso que en el ensayo, irás con más cuidado y lo que hayas preparado quizá salga un poco más apagado. Si en el ensayo llegas justo al nivel que quieres, el día clave puedes quedarte por debajo.
Si te pasas cuando practicas, tu cerebro aprende a jugar y a exponerse. Tienes que ser capaz de ir mucho más allá de lo que harás el día que de verdad hagas la presentación. Si te demuestras que puedes, ya lo rebajarás hasta donde toque. En cambio, si vas con pies de plomo mientras practicas por miedo a parecer sobreactuado o porque, al fin y al cabo, el día de la presentación «no tienes que hacer el payaso», estás comprando papeletas para quedarte corto.
Hay un segundo motivo. Cuanto más nervioso estás, más fácil es encontrar excusas para no implicarte: «no es el momento», «este público es muy serio». El instinto de protección casi siempre tiene una justificación a punto. Y es cierto que implicarse es arriesgarse, porque te expones más. Pero los ponentes que acaban captando una sala suelen ser, precisamente, los que más se implican.
Por eso el ensayo, y sobre todo la clase, es el lugar para probar al máximo. Como en aquellos juegos de infancia en los que quien «estaba en casa» no podía quedar eliminado: ahí no hay consecuencias, y puedes ir tan lejos como haga falta para descubrir dónde está tu límite.
Cómo lo trabajo en Comunica
Trabajo con tu contenido real: ensayo la presentación contigo hasta que lo que te interesa se nota y te ayudo a ajustar el cuerpo y la mirada para que te acompañen. Para esta parte, te puede servir el artículo sobre el lenguaje corporal para hablar en público.
Lo trabajo en mi curso de oratoria. Si eres responsable de un equipo técnico, también lo hago con grupos a través de la formación para empresas.
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