El silencio como herramienta comunicativa

Uno de los retos más habituales con los que tengo que trabajar con mis clientes es la gestión del silencio. El silencio a menudo es aquello que se produce cuando no sé qué decir, cuando me estoy bloqueando y, por lo tanto, tengo que hacer todo lo posible para evitarlo. Y no, no es así.

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El silencio no solo es imprescindible porque es el tiempo que necesitamos para pensar y para escoger todas y cada una de las palabras que nos permitirán traducir y transformar la idea en una oración comprensible para mi interlocutor. El silencio es también una nota musical de mi partitura dialéctica. Por lo tanto, tengo que incorporar conscientemente el silencio en esta música que es, al fin y al cabo, la comunicación.

Entonces, cuando asumimos que siempre necesitamos tiempo para escoger todas y cada una de las palabras y que ese tiempo implica silencio, nos quitamos un peso de encima. Y si nos quitamos ese peso de encima, podemos ir transformando poco a poco la concepción que tenemos del silencio, no como aquello que tenemos que intentar evitar a toda costa, sino como algo inevitable y que podemos convertir en nuestro amigo. Como esa herramienta que nos puede ayudar a transmitir que estamos lo bastante tranquilos, lo bastante cómodos como para permitirnos trabajar también con el silencio.

Por lo tanto, no intentes evitar el silencio. El silencio es tu amigo si sabes usarlo.

En el vídeo del final lo explico en un minuto y medio. Aquí lo desarrollo un poco más, con lo que trabajo en las clases.

El tiempo necesario y el tiempo voluntario

Para encontrar cada palabra siempre necesitamos un tiempo, y ese tiempo no lo escogemos. No puedes decidir tardar más o menos en recordar la capital de Francia: te acuerdas cuando te acuerdas. Es el tiempo necesario. También antes de cada frase sueles dudar un poco, porque tienes que decidir cómo transformas la idea en palabras. El problema no suele ser la duda, sino pretender no dudar.

Pero a ese tiempo le puedes añadir un tiempo que sí decides tú: el tiempo voluntario. Es la pausa del presentador antes de decir «and the winner is…». Ese silencio no es un bloqueo, es una decisión, y da peso a lo que viene después.

El detalle importante es que quien te escucha no sabe qué parte del silencio es necesaria y cuál es voluntaria. Por eso, cuando te das permiso para alargarlo un poco, el silencio que antes vivías como un bloqueo puede empezar a parecer, también a ti, una pausa que has elegido.

Hablar rápido no es tener prisa

Mucha gente cree que el problema es la velocidad, y no siempre lo es. Hay humoristas que hablan muy deprisa, y precisamente así sorprenden, pero no tienen prisa: se dan el tiempo que necesitan. Puedes hablar rápido o despacio. Lo que suele notarse es la prisa, es decir, no darte el tiempo necesario para encontrar la palabra.

La prisa tiene una manifestación muy reconocible: la salida en falso. Como el corredor de los 100 metros lisos que sale antes del disparo, empiezas a hablar o a gesticular antes de haber encontrado la palabra. El resultado suele ser una frase que empieza, se detiene y vuelve a empezar. Lo explico con más detalle en el artículo sobre el lenguaje corporal para hablar en público.

No lo dices para ti, lo dices para quien te escucha

Tú ya sabes lo que vas a decir: lo has preparado, lo has pensado y quizá lo has dicho muchas veces. Quien te escucha lo oye por primera vez. Por eso, un silencio que a ti te parece largo a menudo es el tiempo justo para que el otro procese lo que acabas de decir.

Cuando llenas ese espacio, no le ahorras tiempo al público: le puedes estar quitando el tiempo de pensar. A mis alumnos se lo resumo con una frase: no lo dices para ti, lo dices para nosotros.

Cuando te expones, no llenes con más palabras

Hay un momento en que la tentación de llenar el silencio suele crecer: cuando hablas de algo que te importa y te sientes más expuesto. Entonces es fácil añadir explicaciones, repetir la idea con otras palabras o justificar lo que acabas de decir. A menudo funciona mejor lo contrario: no digas más cosas; di las mismas y deja que el silencio termine de hacerlas llegar.

Esto cambia la idea de fluidez. Hablar con fluidez no es hablar sin parar. La fluidez también está hecha de silencios en los que sigues comunicando: con la mirada, con el cuerpo y con la emoción que sostienes.

Dónde mirar mientras callas

Cuando buscas la palabra, es habitual apartar la vista unos instantes. Un estudio publicado en Memory & Cognition observó que apartar la mirada puede ayudar a recordar. Por eso no hace falta que te obligues a mirar al público mientras piensas: puedes mirar fuera y volver a mirar cuando encuentras la palabra.

Lo que suele transmitir inseguridad es otra cosa: la mirada que se va mientras hablas. Lo explico en el artículo sobre la comunicación no verbal.

Un ejercicio para perder el miedo al silencio

Pide a alguien que te haga preguntas sencillas: cuál es la capital de Japón, cómo se llama tu calle, cuánto son 87 más 13. Antes de responder, aparta la mirada y date un poco más de tiempo del que necesitas. Después responde volviendo a mirar a la otra persona, como si la respuesta fuera un descubrimiento.

Las preguntas son fáciles a propósito: así puedes notar que ese silencio no viene de un bloqueo, sino que es tiempo voluntario. Después pruébalo en conversaciones reales, donde no te juegas nada. No hace falta hacerlo cada vez: si lo consigues de vez en cuando, ya es un avance.

Si quieres trabajar el silencio con alguien que te acompañe, es una de las cosas que trabajo en el curso de oratoria. También lo puedes entrenar en grupo en los talleres en grupos reducidos.