Hay una paradoja sobre la comunicación no verbal que explica muy bien por qué tanta gente fracasa al hablar en público a pesar de haberse preparado el contenido a conciencia: la palabra no comunica. O mejor dicho: la palabra es solo una de las herramientas que usamos para comunicar, y a menudo no es la más importante.
La comunicación no verbal —la mirada, el gesto, la postura, el silencio, el ritmo de la voz— es el canal principal por el que llegan las emociones. En Comunica Barcelona trabajamos todos estos elementos con un método basado en la técnica actoral. Y las emociones, como veremos, lo son todo.
Qué es la comunicación no verbal
La comunicación no verbal es todo aquello que transmitimos sin palabras. Incluye:
- La mirada: dónde miramos, con qué intensidad, durante cuánto tiempo.
- El gesto: el movimiento de las manos, los brazos, la cabeza.
- La postura corporal: cómo ocupamos el espacio, si estamos abiertos o cerrados, tensos o relajados.
- La expresión facial: los microgestos que aparecen incluso antes de que tengamos tiempo de pensar.
- El tono y el ritmo de la voz: la velocidad, las pausas, la melodía, la proyección.
- La distancia física: cuánto espacio ponemos entre nosotros y el interlocutor.
- El silencio: aquello que no decimos, y cuándo no lo decimos.
Todo esto lo estamos emitiendo constantemente, queramos o no. La comunicación no verbal no se apaga nunca. Incluso cuando no hablamos, estamos comunicando algo.
Por qué la comunicación no verbal importa más que las palabras
Imagina que vas al teatro y ves a un actor interpretando a un personaje que acaba de recibir una noticia terrible. Sabes perfectamente que aquello es ficción, que el actor no ha perdido nada real. Y aun así, te conmueves. ¿Cómo es posible?
Porque lo que te ha llegado no es la información —«el personaje sufre»— sino la emoción. Y la emoción ha llegado a través del cuerpo: la respiración, la postura, la mirada, el gesto contenido, la voz rota.
Esto es lo que ocurre en cualquier acto comunicativo. Tu público —sea una sola persona o una sala llena— no procesa primero lo que dices y después decide cómo se siente. Lo hace al revés: primero recibe el impacto emocional de tu cuerpo y tu voz, y a partir de ahí interpreta las palabras.
Dicho de otro modo: no importa tanto lo que dices como desde dónde lo dices.
Dos comerciales pueden decir exactamente las mismas palabras para vender el mismo producto. Uno vende y el otro no. La diferencia no es el contenido del discurso. Es la mirada, la seguridad en el cuerpo, el ritmo, la pausa en el momento justo. Es la comunicación no verbal.
El papel de las emociones en la comunicación no verbal
Aquí es donde hay que entender algo fundamental: la comunicación no verbal es la expresión visible del estado emocional. Según estudios sobre comunicación no verbal, los comportamientos no verbales son procesos automáticos e inconscientes que reflejan directamente nuestro estado interno.
Cuando estamos cómodos, relajados y seguros, nuestro cuerpo lo refleja de forma espontánea: los gestos son abiertos, la mirada es directa, la voz tiene melodía, nos permitimos el silencio. No lo tenemos que pensar, simplemente ocurre.
Cuando estamos nerviosos o tenemos miedo, pasa lo contrario: los gestos se cierran, la mirada huye, la voz se tensa y se acelera, los silencios desaparecen porque los queremos llenar deprisa.
El problema es que no podemos decidir cómo nos sentimos. No puedo apretar un botón y dejar de tener miedo. Las emociones no funcionan así.
Lo que sí puedo hacer es aprender a actuar conscientemente: decidir qué botones y qué palancas de mi máquina de comunicar activo, independientemente de la emoción que esté sintiendo en ese momento. Esto es exactamente lo que hacen los actores. Y esto es lo que se entrena en Comunica.
Los errores más habituales en la comunicación no verbal
La mirada que huye y rompe la comunicación no verbal
Uno de los errores más comunes al hablar en público es evitar el contacto visual. Miramos las notas, el techo, un punto indefinido al fondo de la sala, el suelo. Cualquier sitio menos los ojos de las personas que tenemos delante.
La mirada que huye transmite inseguridad y desconexión. El público lo percibe enseguida, aunque no lo verbalice. La solución no es forzar una mirada fija e intimidatoria, sino aprender a mirar a personas reales, de una en una, de forma natural y pausada. Este es uno de los primeros elementos que trabajamos en las curso de oratoria.
Las manos escondidas
Las manos bajo la mesa, en los bolsillos, cruzadas sobre el pecho o agarradas la una a la otra de forma rígida. Cuando las manos se esconden, el cuerpo se cierra. Y un cuerpo cerrado transmite exactamente lo contrario de lo que necesitas cuando quieres convencer, explicar o emocionar.
Las manos tienen que trabajar. No de forma exagerada ni teatral, sino acompañando aquello que decimos, ilustrando las ideas, dando cuerpo a las palabras.
La velocidad excesiva
Cuando estamos nerviosos, hablamos rápido. Muy rápido. Parece que si hablamos rápido acabaremos antes y la agonía terminará. Pero lo que conseguimos es que el público no pueda seguir el ritmo, que las ideas se acumulen sin tiempo para asimilarlas, y que la sensación general sea de nerviosismo y precipitación.
Aprender a frenar, a encontrar el ritmo natural del habla, es una de las habilidades más valiosas que puedes entrenar.
El silencio evitado
El silencio nos da miedo. Cuando hay un momento de pausa, la mayoría de personas lo quiere llenar deprisa con «ehhh», «bueno», «es decir», «o sea». Estos tics verbales surgen del pánico al vacío.
Pero el silencio bien hecho es una herramienta poderosa. Una pausa en el momento justo crea expectativa, da tiempo al público para absorber lo que acabas de decir, y transmite que estás cómodo. Quien domina el silencio domina el espacio. En los Talleres grupales sobre herramientas para hablar en público practicamos específicamente la gestión del silencio en un entorno seguro.
Cómo mejorar la comunicación no verbal
La comunicación no verbal no se mejora leyendo artículos ni asistiendo a conferencias. Se mejora practicando, recibiendo retroalimentación y haciéndose consciente de aquello que se hace de manera inconsciente.
Algunos puntos de partida:
Grábate en vídeo. Es la manera más honesta de verte como te ven los demás. La primera vez suele ser incómodo. Pero es insustituible. Observa las manos, la mirada, el ritmo, la postura. No para juzgarte, sino para tomar conciencia.
Practica el silencio. En una conversación cotidiana, experimenta con las pausas. Acaba una frase y espera un segundo antes de continuar. Verifica que el mundo no se acaba.
Trabaja la respiración. La respiración diafragmática es la base de todo. Cuando respiras desde el pecho, el cuerpo se tensa y la voz sufre. Cuando respiras desde el diafragma, todo el sistema se relaja y la voz gana cuerpo y proyección.
Observa a los demás. Fíjate en cómo se comunican las personas a las que admiras como comunicadores. No para copiarlas, sino para entender qué elementos hacen que su comunicación no verbal refuerce el mensaje en lugar de contradecirlo.
La comunicación no verbal es entrenable
La buena noticia es que la comunicación no verbal no es un don innato. No hay personas que «lo tengan» y personas que no. Es una habilidad que se aprende, como cualquier otra, con método, práctica y tiempo.
La clave es hacer consciente aquello que hasta ahora has hecho de manera instintiva. Cuando sabes qué botones estás apretando, puedes decidir apretar otros. Y cuando puedes decidir cómo te muestras, te muestras como quieres. Las empresas también se benefician de este trabajo: la formación para empresas incluye un trabajo intensivo en comunicación no verbal para equipos y directivos.
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